Fundación DESC

Páginas del diario íntimo de la caída del comunismo

por:Vaclav Havel. dramaturgo. Fue presidente de Checoslovaquia. Traducción de Cristina Sardoy

En la época en que me contaba entre los disidentes del comunismo, recibía a periodistas de Occidente. Me preguntaban: "¿Adónde piensan llegar si no los apoya la clase obrera, la intelligentsia o un movimiento de insurrección, un partido político legal u otra fuerza social de importancia?"Los que manifestaban su asombro partían de la idea de que habían comprendido todos los grandes mecanismos de la Historia y sabían a ciencia cierta qué sucedería, qué era razonable y qué era lisa y llana locura. En esas conversaciones, señalé más de una vez que, en un régimen totalitario, era difícil entrever las entrañas de la sociedad, desde el momento que ésta se presentaba en forma monolítica y supuestamente leal hacia el régimen. Forjado ante todo por el miedo, podía ser que dicho monolito fuera en realidad mucho más frágil de lo que parecía. Nadie habría podido predecir si una bola de nieve fortuita algún día provocaría una avalancha.

Hace veinte años, en Checoslovaquia, una bola de nieve en la forma de la represión feroz de una manifestación de estudiantes se transformó en avalancha. Y todo el sistema totalitario se sacudió, derrumbándose como un castillo de naipes. Los disidentes estaban tan perplejos como los periodistas y los politólogos de Occidente. A la vez, nosotros éramos incapaces de evaluar en su justa medida la situación y de prever sus consecuencias. Tratábamos de comportarnos como hombres libres, diciendo la verdad, aportando un testimonio sobre la situación en nuestro país. No aspirábamos al poder. Sin otra alternativa, aceptamos ese poder con incomodidad. Pero resulta que en ese mismo momento se produjo algo interesante: muchos de los que, durante años, habían sido obedientes sin decir una palabra, igual que muchos de los que habían juzgado gratuitos nuestros esfuerzos, empezaron a reprocharnos que estábamos mal preparados para desempeñar nuestro papel en la Historia.

Llegados después de la batalla, esos generales de la hora veinticinco nos reprochaban de todo: que no anticipábamos todo lo que podía ocurrir, que no preveíamos los movimientos ocultos de la Historia ni el futuro con suficiente anticipación. Y que aceptábamos que pudiera producirse un hecho que hasta ese momento habíamos considerado improbable.Sí, entre los disidentes, había profesores, pintores, escritores, técnicos en calefacción, pero políticos, no. Por otra parte, ¿de dónde podíamos sacar una generación espontánea de políticos de recambio bajo un régimen totalitario? Sin embargo, creo que fue algo bueno no estar preparados para asumir la Historia, o más bien, su carrera acelerada. Desconfío de quien está muy bien preparado. Resultó que era imposible, en unas horas o en unos días, pensar, preparar y aplicar todas las reformas necesarias. ¡Cuántas veces me enojé porque todo tardaba demasiado! Mi mayor sorpresa fue constatar -y no fui el único- que uno puede influir en la historia, pero no forzarla.

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