Ahora, la prueba de la tormenta Stan

El 1 de octubre la tormenta tropical Stan, convertida en la víspera en huracán de categoría 1, tocó tierra en la zona del Pacífico mesoamericano. Las lluvias torrenciales de una semana provocaron inundaciones y derrumbamientos en el sur de México, Guatemala, El Salvador, Nicaragua y Honduras, cobrando más de 1,500 vidas y pérdidas materiales cercanas a los 3,000 millones de dólares. Pero fue en Guatemala donde se concentraron los mayores daños: alrededor del 80% de las víctimas y dos tercios de los daños en infraestructura.

 

Como tantos desastres naturales, la tormenta Stan en Guatemala desató inmediatamente una crisis humanitaria de múltiples dimensiones, recordando trágicamente las vulnerabilidades crónicas de enormes contingentes de población empobrecida –la más expuesta a las crisis- que habita en pisos ecológicos degradados, carentes de redes institucionales –públicas y privadas- de prevención y atención eficaces en casos de emergencias.   

 

Las áreas locales afectadas (suroccidente, altiplano poblado y noroccidente) por Stan están precisamente entre las más densamente pobladas donde se enseñorea la pobreza –población indígena mayoritaria, pero también ladina- y donde, además,  los recursos naturales han sufrido una severa depredación. Allí se vive una acumulación de diferentes crisis: secuelas (aún) del terremoto de 1976, la guerra civil agudizada entre 1980-84 y el huracán Mitch de 1998, amén de elevados ritmos inflacionarios en los últimos dos años y altos rangos de subempleo estructural, sequías y muertes a causa de desnutrición aguda,  así como múltiples focos de conflictos sociales.

 

El gobierno del presidente Berger, al cual se le ha señalado deficiencias en la gestión del desastre (no aplicación de alerta temprana e improvisada reacción durante la emergencia), está a las puertas de una tercera prueba, la reconstrucción. De su capacidad de asumir esa tarea, que se concentrará en un tercio del territorio guatemalteco, va a depender en definitiva la calificación de su administración. La experiencia mesoamericana de los últimos 35 años indica que desastres naturales de la dimensión del Stan son parteros de actores sociales de cambio, y de nuevos regímenes políticos, y que su periodo de cicatrización suele llevar más de una generación.

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