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La baja iniciativa política del gobierno y el menguado liderazgo del presidente Oscar Berger, tras diez meses de gobierno, se han convertido en datos “duros†de esta gestión. No es anomia de poder lo que califica a la administración, pues su ánimo de control de instituciones sigue firme, como ahora con la Comisión Nacional de Energía Eléctrica.
Hay otra señal inquietante: la economía no sale de su modorra, a pesar de que este es uno de los mejores años de crecimiento mundial, que coincide localmente con un gobierno empresarial.
Así las cosas, la agenda pública sigue impulsada desde fuera, a sobresaltos: pago a las ex PAC, abatimiento de los gastos secretos del Ejército y colas de escándalos de corrupción. La presidencia del Congreso por parte de la GANA tampoco anticipa un cambio en la dinámica política; si acaso, menor apetito de los medios de destapar, en el 2005, escándalos en el Legislativo. El resultado de esa combinación de factores es la confusión de la agenda pública y un sinuoso cuadro de gobernabilidad precaria.
Sin itinerario de Estado
El actual no es un gobierno de cambio. La esfera de la democratización y los derechos humanos, no aparecen como prioridad en su agenda. Se dejó arrebatar los diseños originales de CICIACS y la Oficina del Alto Comisionado de Derechos Humanos. Tampoco se distingue por establecer equilibrios entre el Estado y el mercado. La debilidad de las políticas fiscal, arancelaria y de regulación es compensada, onerosamente, con endeudamiento. Ni siquiera, hasta donde se perciben los esfuerzos oficiales, se están impulsando redes económicas más sólidas. Los programas de reforma del Estado y de fortalecimiento institucional, aún no se estrenan. Salvo la reducción drástica del Ejército y su descarrilamiento funcional,[1] el campo de la seguridad sigue crónicamente crítico.[2]
No es que la gestión del presidente Berger enfrente valladares de gobernabilidad, pues ha tenido a su favor suficientes espacios de maniobra para hacer viable un programa de reformas. Obtuvo amplio respaldo popular en las urnas, 8% o 190 mil votos arriba del candidato de una oposición que tras las urnas no se ha dejado sentir; el Congreso opera inestablemente sin oposiciones sólidas; hay todavía suficientes gestos de simpatía internacional hacia la administración; los medios de comunicación y los gremios empresariales le son afines (aunque con progresivas fisuras); los movimientos sociales tienen ahora menos capacidad de contestación (excepto las ex PAC) y el entorno económico internacional ha sido coyunturalmente favorable al crecimiento, a pesar de la escalada de los precios del petróleo.

