Escenarios
No obstante lo anotado, se dibuja una tendencia internacional dirigida a superar el “consenso de Washington”, a partir de la evidencia de sus limitaciones que dan paso a recurrentes crisis de gobernabilidad democrática; de los efectos regresivos de la supervivencia, la movilidad social y el ingreso, la degradación de las instituciones (sobre todo, las redes sociales y los instrumentos de seguridad) y la relación desequilibrante entre economía y política.
Se recogen como aportes de ese modelo liberal la gestión macroeconómica y las libertades civiles. Pero ahora se reivindica de manera explícita la política como el terreno de la democracia a ensanchar y profundizar, y el Estado, como espacio institucional rector y regulador del desarrollo, sin que ello sea un retorno a los modelos anteriores de mediados del siglo pasado.
En esa crítica y a la vez propuesta de restablecer equilibrios han tomado un papel central los partidos de izquierda reconstituidos en los años 80 en países emergentes y que transitaron de regímenes autoritarios a sociedades más abiertas, y movimientos sociales globales opuestos a los efectos excluyentes del proceso de globalización.
En Guatemala opera un desajuste de tiempo político en la dialéctica entre gobernabilidad democrática y cohesión social. La gobernabilidad es un producto que se expresa hoy, traduciendo una determinada relación de fuerzas, en una institucionalidad dada. La cohesión social es un proyecto a construir que implica acciones políticas transfor-madoras. De esa dialéctica se pueden desprender, esquemáticamente, tres escenarios:
El escenario de la gobernabilidad democrática. En este escenario la cohesión social se ubica como una meta compartida y asumida como responsabilidad nacional en torno a la cual se negocian permanentemente acuerdos, que resultan en cada etapa según las relaciones de fuerza.
Puntos de referencia sobre ese quehacer se encuentran en los acuerdos de paz, el pacto fiscal, los trabajos de las mesas intersectoriales de diálogo, estrategias contra la pobreza, agendas nacionales compartidas de los partidos y otros ejercicios colectivos. Con ellos se caminaría progresivamente hacia la cohesión social con grados aceptables de gobernabilidad democrática, pues los actores se ven compelidos a ceder intereses parciales en la mesa.
El escenario de la gobernabilidad autoritaria. Este es un escenario en el que la gobernabilidad es la meta en sí misma. En tal caso el afán primario es la estabilidad y el orden,buscando que de ella se derive la legitimidad. En este escenario la gobernabilidad puede convertirse en una gobernabilidad autoritaria. Su éxito va a depender primordialmente de las capacidades que algún actor logre para articular a los poderes oligárquicos nacionales y regionales internos, y su indicador de éxito sería el crecimiento económico y la conquista de un clima de seguridad pública.
Implica también un acuerdo político, pero no democrático, que racionalice las fuentes de acumulación de capital y la distribución de los excedentes. Moviendo los resortes de la cultura autoritaria y los valores conservadores que anidan en nuestras sociedades, el camino de la gobernabilidad autoritaria ganaría legitimidad. En tal caso la cohesión social tendría una lectura distinta.
El escenario de la gobernabilidad precaria que lleva a la ruptura. Se trata de un escenario en el que no ocurren acuerdos nacionales ni se afianza, de entrada, el estilo autoritario. La gobernabilidad sufre constantes sobresaltos. En el aparato estatal no se operan mayores cambios ni iniciativas. La gobernabilidad es precaria porque las tensiones entre los grupos de poder y entre actores de la oligarquía se prolongan y contaminan todas las esferas: el aparato judicial, las fuerzas armadas, el Congreso, el Ejecutivo, los medios de comunicación y sectores de la sociedad civil. Incluso hay riesgos de actos de violencia política.
No hay una renuncia explícita al objetivo de la cohesión social, pero tampoco se aplican políticas contra la desigualdad. Las políticas para mitigar la pobreza tienen resultados limitados y los recursos públicos en inversión social siguen siendo ineficientes, por tanto, su impacto es marginal. Es un escenario de degradación de actores y de insuficiencia de estrategias. La vulnerabilidad ante los cambios de la economía internacional aviva las tensiones internas. La conflictividad social es más espontánea y menos racional (políticamente hablando); también la movilización es más clientelista.
Este es un escenario que ofrece el caldo de cultivo para algún tipo de ruptura política, aunque se mantengan las formas legales. La ruptura se entiende en el sentido de renuncia explícita de antiguos pactos. Bajo este escenario se puede llegar a una gobernabilidad autoritaria, si acaso la tensión se concentra, sin contrapesos, en la oligarquía. O puede conducir a una gobernabilidad democrática si acaso actores autónomos alcanzan suficiente organización, articulación, liderazgo y respaldo internacional.




